Odón Elorza

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ENTRE UCRANIA Y EL DESAFÍO CLIMÁTICO. Contradicciones y debilidades de la UE.

El Planeta no lo podrá resistir; a no ser que cambiemos un modelo económico insostenible de crecimiento sin límites que agota los recursos naturales, eliminemos los hábitos de vida híper-consumistas en los países más desarrollados y nos comprometamos con una gobernanza democrática de la globalización. Una gobernanza de cooperación que haga frente común al cambio climático, las pandemias, los ciberataques y los intereses de los grandes poderes económicos desregulados.

Pero, de nuevo, la guerra y sus efectos se hace presente en Europa y su final se pone a la cabeza de las prioridades. Tras la criminal invasión a Ucrania decidida por Putin en febrero, la Unión Europea y los Estados Unidos acordaron imponerle duras sanciones económicas, aunque no parece que hayan servido para “desangrar” a Rusia. Mientras, Rusia nos seguía suministrando gas y la UE lo aceptaba en base a acuerdos comerciales previos y beneficiosos, en especial para Alemania, si bien ya se preparaba para un corte irremediable.

Una situación tan contradictoria e incoherente no podía prolongarse. De ahí el plan puesto en marcha por la UE para sustituir el gas y petróleo rusos por otros suministradores de energía. Ahora recibimos, en grandes barcos, gas natural licuado proveniente de países que nunca respetaron los derechos humanos y de EEUU. Además, para tratar de conseguir de la OPEP un incremento en la producción mundial de petróleo, Biden y otros líderes europeos tuvieron que doblar el espinazo ante emires nada ejemplares.

Los efectos de la guerra han paralizado la transición energética que apuesta por los recursos ecológicos. Los gobiernos, con una opinión pública agobiada por tanta incertidumbre, se han visto en la necesidad de volver a reutilizar el carbón, aceptar el gas obtenido con la técnica del fracking (en EEUU y Canadá) e impulsar las viejas centrales nucleares. Significa una derrota -¡ojalá solo temporal!- para el progreso.

Del mismo modo, la diplomacia de los derechos humanos y de la búsqueda de la paz, da un paso atrás y cede en silencio cuando se trata de obtener suministro de energía desde países del Golfo Pérsico o Venezuela. Esta guerra muestra lo que ya sabíamos: que todo tiene un precio y que la energía es utilizada como un arma de guerra.

Como consecuencia de la guerra y de la amenaza nuclear de Putin, la Europa que busca seguridad en la OTAN es ahora menos autónoma y más dependiente de USA en todos los campos. No ha sido algo casual y asusta pensar que el golpista Trump pudiera recuperar el poder y ponerse al frente de la OTAN.

Nos dicen que sin acceso a la energía no es posible tener ni mantequilla ni cañones. Y mucho menos que Europa sea soberana porque sin energía no hay poder real. Hoy la soberanía de los Estados se encuentra bajo una dependencia tóxica, política y económica. Una dependencia de los suministradores que hay que asumir para que la inflación no siga subiendo, la maquinaria económica no se pare y el clima social no explote. Mientras, los de siempre siguen llenando sus bolsillos.

Lo cierto es que volvemos a los combustibles fósiles porque no disponemos de suficiente producción de energía renovable. Llevarà tiempo y avances tecnológicos que mejoren su producción y almacenamiento. Pero los recursos naturales se están agotando y un incremento de sus extracción acelerará su final. De manera que el sistema económico capitalista se encuentra preso de una contradicción mortal al necesitar la explotación de más recursos naturales -que ya son limitados- para producir más y aumentar el consumo de todo tipo de bienes. Sobran datos de que nuestro Planeta no lo podrá resistir.

La sociedad, que finalmente no supo sacar enseñanzas tras la pandemia para priorizar lo público y el interés colectivo, debería reflexionar ahora. Nuestro problema es que no vemos el elefante en mitad de la habitación y así será imposible afrontar el desafío de la humanidad en defensa de su planeta.

 

Odón Elorza / Diputado del PSE-PSOE por Gipuzkoa

San Sebastián 26 de agosto de 2022 / Publicado en El Diario Vasco.

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Mi opinión ante el debate sobre la reforma de la ley de secretos oficiales.

La opacidad y la sobreprotección de información clasificada como secreta por parte del Estado, han estado garantizadas hasta ahora por una ley que proviene del franquismo. El debate previsto para el otoño en el Congreso sobre la reforma de la Ley de Secretos Oficiales, me lleva a plantear algunas consideraciones democráticas que parten de la defensa, en términos razonables, del principio de transparencia y del derecho a saber de la ciudadanía.

Los papeles relacionados con el golpismo y el 23F, la guerra sucia contra el terrorismo de ETA y los GAL, los secretos de la larga dictadura franquista, la salida de España del Sáhara, el caso Mikel Zabalza (ver https://odonelorza.com/blog/item/1383-el-caso-mikel-zabalza-en-un-estado-de-derecho.html ) y otros asuntos de relevancia, han de desclasificarse como Secretos de Estado y, por tanto, posibilitar su conocimiento.

Este cambio tiene que producirse con ocasión de la aprobación de la nueva ley. Una ley de Protección de la Información Clasificada que establezca los ámbitos y materias que deben quedar protegidas por el Estado, las categorías y plazos de protección de documentos como Secretos de Estado, el procedimiento y requisitos a cumplir para solicitar la desclasificación, el papel del Tribunal Supremo ante las demandas de desclasificación y la identificación de los documentos existentes en los archivos secretos. Esto último con el objetivo de facilitar la accesibilidad a los mismos mediante la creación de un Registro que permita conocer qué asuntos o materias están protegidas bajo las categorías de Alto Secreto, Secreto, Confidencial y Restringido.

En 2022, y tras esperar 43 años, una Ley de Secretos Oficiales debe servir a la democracia. El anteproyecto aprobado en Consejo de Ministros ha levantado críticas y ofrece algunos agujeros negros. Por ejemplo: no contempla la prohibición de clasificar información que pudiera ser constitutiva de algún delito grave, fraude económico o corrupcióny ello con la finalidad de impedir que estas conductas delictivas quedaran impunes o prescritas. Por no hablar del pretendido carácter retroactivo de la ley sobre la información que ha sido secreta hasta hoy.

No pueden justificarse por la ley más esperas ni plazos más amplios de protección documental (se propone hasta los 50 años para información de alto secreto, ampliable a 65). Las personas físicas o jurídicas afectadas, los jueces, investigadores, historiadores, etc, tienen que poder acceder y conocer toda la verdad a partir del contenido de los documentos archivados como secretos oficiales. Hablamos de asuntos de gran trascendencia que tuvieron lugar hace más de 40 años. Es una cuestión de sensibilidad democrática. 

Ampliar los plazos para la desclasificación no sería entendido por la sociedad. De ahí que confíe en que el periodo que se abre en agosto para formular alegaciones y el debate con ocasión del trámite legislativo en el Parlamento, permitan aprobar una ley que se homologue a las más avanzadas en Europa y de la que los demócratas nos sintamos satisfechos. Para ello, será necesario un amplio consenso promovido por el Gobierno de coalición que permita compatibilizar el funcionamiento democrático del Estado con el mantenimiento de la seguridad y la defensa nacional.

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De “Hiroshima mon amour” a los escenarios de la guerra de Ucrania. Mi aportación a la reflexión colectiva.

La guerra en Ucrania ha puesto a prueba la unidad real de la Unión Europea así como el grado de cooperación y coherencia entre los Estados miembros ante un acontecimiento de extrema gravedad. Mientras, la ciudadanía europea se desespera ante los efectos de una guerra que vive y sufre de cerca, por la inflación y las graves incertidumbres vitales que provoca este conflicto. No será fácil, con el escenario previsto para este otoño y el auge de los populismos, responder a la evolución de la situación con decisiones acertadas, calma y resiliencia.

Aún sin cerrar las heridas de la pandemia, vivimos una etapa crítica para la humanidad y el respeto a los derechos humanos. Lo digo no solo porque la guerra de Ucrania acontece en Europa -aunque otras guerras que nunca nos preocuparon no han cesado en el resto del Planeta- ni por las consecuencias económicas sobre nuestra sociedad de bienestar.

La época que atravesamos es la más crítica, después de la Segunda Guerra Mundial, porque en este clima bélico cogen fuerza el pensamiento político más reaccionario y la militarización de las conciencias. Y porque, además, se produce un retroceso en la lucha contra el cambio climático. Afortunadamente, surgen voces democráticas que reclaman la imperiosa necesidad de transformar los paradigmas de un orden económico que agudiza la injusticia y la desigualdad; una economía globalizada y desregulada.

También se extiende una cierta estigmatización de cualquier reflexión crítica sobre el proceso seguido en este conflicto por las potencias occidentales. Y se minusvaloran las posiciones que defienden la necesidad de intensificar las gestiones a fondo por parte de la alta diplomacia y de países intermediarios para encontrar una salida a la guerra provocada por el tirano imperialista Putin y que los demócratas condenamos.

Pero no deberíamos resignarnos a la cronificación de la guerra. Por ello surgen diferentes preguntas: ¿El sistema de lanzamisiles Himars de alta tecnología y los cohetes antiaéreos que EEUU y otros Estados de la Alianza vienen entregando a Ucrania, servirán para hacer crónica la guerra, lo que se traduciría en una situación de empate de larga duración? ¿Se producirá una carrera de armamentos y una escalada militar que active el riesgo de guerra nuclear, más aún tras el anuncio de Rusia del empleo de misiles hipersónicos? ¿O por el contrario los misiles Himars y otras armas sofisticadas entregadas a Zelenski que llegaran a suelo de Rusia harían ver a Putin que debe buscar un acuerdo diplomático? 

Mientras, la inflación, que ya empezó a subir en 2021 por los efectos de la pandemia en el mercado internacional, está disparada por la guerra, con el incremento de precio de las energías, los combustibles y los alimentos. Todo ello, provoca la recesión y el hundimiento a la economía europea que aún dispone de los Fondos para afrontar la recuperación económica. No olvidemos, como un efecto derivado, la fuerte incidencia del trigo, paralizado en los depósitos de Ucrania, en la hambruna que padece gran parte de la población en los países del sur.

La Europa democrática es débil en materia de defensa y ahora será más dependiente de EEUU en suministro energético, en armamento y tecnología militar. La potencia norteamericana actúa, como siempre, en defensa de sus propios intereses económicos y geoestratégicos. Con Biden o con Trump, enfrascados en su lucha electoral, la guerra en Ucrania es un escenario más de su confrontación de cara a las próximas elecciones legislativas en noviembre.

En todo caso, la invasión de Rusia a Ucrania ha facilitado el cierre de filas en torno al poderío de Washington, con el compromiso de todos los socios de la OTAN de incrementar el gasto militar en sus presupuestos. No pongo en duda el posicionamiento de la UE, la OTAN y EEUU en favor de actuar para que se respete la soberanía de Ucrania, con sanciones a Rusia, ayudas económicas y entrega de armamento a Zelenski. Pero, a raíz de la pasada Cumbre de la OTAN en Madrid y la aprobación de su nuevo Concepto Estratégico, sí creo necesario reflexionar sobre las consecuencias de los acuerdos.

El nuevo concepto del orden mundial, los objetivos de la estrategia militar y su relato político pasan por encima de la vida de las personas, de sus necesidades y derechos básicos. La revitalización de la OTAN ha conllevado señalar a Rusia como principal amenaza directa y a China como un desafío sistémico, así como acordar el rearme y resucitar los bloques.

Sin embargo, se desconoce si en la Cumbre de la OTAN se trató a fondo la búsqueda de una solución diplomática para lograr un final de la guerra que sea suficientemente digna, segura y estable para las partes. La diplomacia y una ONU devaluada tienen el dificilísimo papel de plantear las cuestiones y los términos hipotéticos de unas negociaciones que permitan un final de la guerra en el que no haya aparentes vencedores ni vencidos. 

Llegados a este punto, deberíamos preguntarnos si alguien cree posible una derrota militar de Putin. Hablamos de Rusia, una gran potencia nuclear que ya no puede ser derrotada militarmente sin riesgo de desatar una guerra nuclear. De momento, pese a las sanciones y daños que está soportando Rusia, Putin ha respondido cerrando más el grifo del suministro del gas ruso a países europeos en apuros, obteniendo del gas los ingresos extras que le permiten financiar la guerra, llevando al extremo su autoritarismo y ensayando el uso de armamento más sofisticado.

Por otro lado, las medidas en respuesta a los retos de la emergencia climática y la transición ecológica se ven paralizadas y retrasadas por la guerra, con la vuelta a las centrales nucleares y al uso del carbón. Ya sabemos que la soberanía de los Estados depende de poseer fuentes propias de energía. Europa carece de recursos energéticos suficientes para hacer funcionar su maquinaria económica. Por eso Putin hace descansar el sueño de su expansionismo nacionalista en el poder energético de Rusia para amenazar y atacar la economía de la Unión Europea. Aunque Biden, meses atrás, se comprometió a reemplazar el suministro de gas ruso por gas licuado americano obtenido con la técnica del fracking.

La compatibilidad entre la guerra y un sistema de democracia avanzada resultará muy complicada de lograr. Lo saben muy bien las fuerzas ultras y populistas que buscan aprovecharse del clima de incertidumbre, desconfianza y miedo que se extiende entre la ciudadanía. Sucede que el disfrute y prevalencia de los valores de la cultura democrática se pueden acabar resintiendo y depreciando -en los Estados democráticos homologados- por las duras consecuencias de una guerra. En ese contexto, hay sectores de la ciudadanía que ven prioritarias la defensa y la supervivencia colectiva frente a la inseguridad y el horror.

Son tiempos de ansiedad y sufrimiento ante tantas incertidumbres acumuladas y el aumento continuo de víctimas de la crisis. Tiempos que requieren liderazgos políticos sólidos que apadrinen ideas democráticas globales para gestionar la creciente ansiedad de la ciudadanía y avanzar en la dirección de un cambio de modelo para el planeta.

Esta situación de alarma exige una redistribución justa de sacrificios, esfuerzos y contribuciones fiscales por parte de las grandes empresas energéticos y de los poderes economico-financieros. Se requiere la aplicación de nuevas medidas fiscales sobre quienes obtienen grandes beneficios de la guerra y de la emergencia energética, como la Banca y las grandes empresas de energías; también sobre quienes hacen un inmenso negocio con la venta de armamento y de tecnología militar.

Estas obligadas reflexiones me surgen tras revivir la excepcional película de 1959 del director Alain Resnais, “Hiroshima, mon amour”. Una nueva versión de aquella historia de amor, surgida tras el desastre nuclear provocado por las bombas lanzadas en 1945 por USA en Hiroshima y Nagasaki, sería la demostración de que la barbarie, en este caso con motivo de la guerra de Ucrania, se volvió a imponer a la humanidad.

 

Odón Elorza / Diputado del PSOE

San Sebastián, 31 de julio de 2022 / Publicado en Ethic.es el 2 de agosto / Actualizado el 15 de octubre de 2022 

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La ciudadanía donostiarra y los retos del futuro de San Sebastián.

Por diferentes canales aparecen comentarios de preocupación sobre la marcha y el futuro de nuestra ciudad. Y compruebo, leyendo y escuchando opiniones, que hay por medio cuestiones de envergadura sobre las que se deberán tomar decisiones que marcarán el futuro de Donostia-San Sebastián. Para ello, será necesaria una deliberación abierta y un liderazgo claro.

Es innegable que durante once años, tras la derrota del terrorismo en 2011, han ido surgiendo pisos turísticos y nuevos hoteles, como setas, en edificios significativos. Mientras, se han paralizado desde el Ayuntamiento actuaciones que se habían acordado para promover vivienda protegida y de precio tasado para los jóvenes y familias, operaciones que formaban parte de la herencia que dejamos quienes gobernamos hasta 2011.

Por fin, se ha iniciado el proceso para la revisión del Plan General de Urbanismo de la ciudad. Un plan que ha de permitir avanzar -espero que con acierto- en una ordenación urbana sostenible sobre los usos y desarrollos del escaso suelo disponible en Donosti. Se trata de afrontar colectivamente los nuevos retos de San Sebastián, algunos de ellos guardan relación con la problemática e incertidumbres globales del planeta. Se necesitan respuestas a la imprescindible cohesión social del municipio, la emergencia climática, la demanda de vivienda pública, la protección del medio ambiente y las necesidades de una economía basada en la innovación científica y tecnológica.

En estos años se han acordado cesiones y ocupaciones de suelo público que considero desacertadas y se ha carecido de ideas tractoras para potenciar una ciudad de vanguardia cultural. Claro que se despreció primero y luego se desaprovechó, desde la Alcaldía, la enorme oportunidad que ofrecía la Capitalidad Europea de la Cultura en 2016 para crear nuevas redes, inercias e iniciativas culturales. Nadie rindió cuentas de aquella pobre celebración en una ciudad que parecía adormecida.

Por otra parte, distintos proyectos locales y territoriales se han aparcado o caído en el olvido por ausencia de ilusión. Finalmente, el Plan Estratégico 2030 se ha actualizado, de manera acelerada, con escasa participación y sin conclusiones precisas.

La ciudadanía debe saber que las decisiones estratégicas no pueden estar condicionadas por intereses económicos particulares, por actitudes políticas partidistas o por la posición de grupos de vecinos que se desentiendan de una visión global de los intereses generales de la ciudad. Será preciso liderar un amplio consenso cívico y político, así como priorizar los valores de la solidaridad y la convivencia, en la gobernanza democrática municipal.

El futuro no está escrito. ¿Queremos una ciudad equilibrada y controlada en su desarrollo turístico? ¿Crecerá el deterioro de los servicios públicos y del mantenimiento urbano? ¿Cambiará la movilidad en una dirección sostenible -con ayudas de los Fondos Europeos- garantizando que los procesos de cambio sigan pautas de participación? ¿Podrán los jóvenes dejar de soñar y accederán a un piso en esta ciudad? ¿Se logrará la inclusión de la diversidad fruto del fenómeno demográfico? ¿Se atenderán las necesidades de cuidados a los más mayores?

Nuestra ciudad no puede morir de éxito turístico. Antes tenemos que cuidar y enriquecer su identidad y patrimonio y evitar que se nos vaya de las manos; implicar en las decisiones a la ciudadanía y a los agentes; promover valores humanitarios en un planeta lleno de incertidumbres; avanzar en la transición energética, ecológica y digital; fomentar la creatividad, la innovación y la convivencia; y atender las demandas sociales de la población. Porque Donostia-San Sebastián les pertenece.

 

 

Odón Elorza / Diputado del PSE-PSOE por Gipuzkoa

Donostia-San Sebastián, 22 de junio de 2022 / Publicado en El Diario Vasco el 23 de julio de 2022

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